#OrgulloOaxaqueño Don Lupe: herrero invidente, pero con luz propia

*Templado en el acero

NVI Noticias

Forjado desde niño como el acero, golpe a golpe, don José Guadalupe Morales García, a sus 85 años de edad, «es un hombre que brilla con luz propia».

«Me lo propuse antes de perder la vista: No quiero ser una carga para mi familia. Además, si dejara de trabajar me moriría de tristeza», expone don Lupe en su taller de balconería.

La dureza de las tiras de solera y tubulares sucumben a la fuerza de sus manos callosas y aceradas. Morales García es un guerrero, pero con alma de niño. Es alegre y ama intensamente a su esposa, doña Silvia Martínez Valencia, de 60 años de edad.
Y cómo no voy adorar a mi esposa, dice don Lupe, si me dio ocho hijos. Todos viven y aunque están en desacuerdo con mis decisiones, les pido paciencia, «porque quiero seguir trabajando hasta que Dios me preste vida y salud», agrega con voz pausada.

Un detalle muy especial que cuenta don Lupe, es que vio crecer de niña a quien mas tarde fuera su esposa. Le llevo 27 años de edad.


Su discapacidad visual no le impide calcular las medidas del metal y manejar con magistral destreza la segueta.

El proceso inicia con los cortes de solera. Las tiras son dobladas en la «matriz»que apoya en el tornillo de golpe, y los sonidos que emanan de su taller confirman a sus vecinos que don Lupe está trabajando.

Su trabajo estaría incompleto sin el apoyo del yunque. Así, don Guadalupe– sus padres le dieron ese nombre porque nació el 12 de diciembre de 1932–en minutos convierte las tiras metálicas en «patitos» y «conchitas». Así define los adornos de metal que habrán de soldar para complementar su obra.

En cuestión de minutos sus manos inquietas, que ven por sus ojos, agrupan las piezas que habrá de soldar para dar forma a las cruces que tienen una tumba como destino final .
Don Guadalupe agrega como última pieza una pequeña placa para anotar las iniciales o el nombre de quien vuelve a la madre tierra en escenarios del llanto inevitable de familiares y amigos, y a veces en medio música estruendosa de banda de viento que produce en los deudos un nudo en la garganta con El Rey, Un puño de tierra y el Dios nuca muere.
Por ello, todas sus obras concluyen con un baño de pintura de aceite color negro. El color del luto que nadie desea.
La fortaleza del padre

Ignacio Morales Valencia, define a su padre como un hombre de mucha fortaleza, ejemplo de vida.
Tal vez mi padre se inspira en genios como Ray Charles, un genial músico y cantante que perdió la vista desde los siete años de edad. Su ceguera no impidió al estadounidense tocar el piano como un gran maestro.

Creo que mi padre, en el silencio de su intimidad, se inspira también en Beethoven, que sus problemas de sordera no obstruyeron su destino hasta convertirse en un célebre compositor y pianista.

 

Con toda autoridad moral, don Lupe sostiene: «estar sordo, mudo o ciego, no significa haber tocado fondo, sino el inicio de una nueva vida. Cuando un sentido deja de trabajar, como en mi caso, los demás se activan y se agudizan». Por ello, para su familia, don Lupe, es un hombre luminoso.

El guerrero de hierro

Don Guadalupe, uno de un total de once hermanos, disfruta su tercera edad en la intimidad de su vivienda ubicada en División Oriente número 520. Es una vivienda muy pequeña y su taller se ubica en la azotea. De todos los hermanos, sobrevienen don Guadalupe y su hermana Agustina, de 93 años.
«Desde que sube al taller en la mañana, no baja. Sólo cuando tiene sed y quiere agua, me chifla», explica doña Silvia Martinez Valencia.


 

Para don Lupe su taller es una fuente inagotable de trabajo. Laboro por encargo de agencias funerarias y en muchas ocasiones se me carga el trabajo, explica. El maestro balconero puede hacer hasta tres cruces en un día. Él aporta el material y por cada cruz cobra entre 150 y 180 pesos.

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