La agónica espera por un trasplante en Oaxaca

NVI Noticias

El sonido del electrocauterio es un bip que rompe el silencio del quirófano. Especialistas y enfermeras tienen la mirada fija en el monitor, las manos de los trasplantólogos, Javier Fabián Fabián y Ángel Ojeda Alcalá, manipulan los puertos laparoscópicos.

Sólo se usó el bisturí tres veces, dos para hacer un corte de medio centímetro por donde entrarían la cámara y la fuente de luz, y otro de cinco centímetros por donde extraerían el riñón, los otros órganos no se exponen, el sangrado será mínimo, no más de cien mililitros de sangre durante las casi 7 horas que se extiende la operación.

Es el clímax de todo un trabajo de casi cuatro meses. Las venas y la arteria del riñón derecho de Estela Domínguez Ojeda es extraído de su cuerpo. En un recipiente estéril, con gasas y custodiol lo alistan para injertarlo al cuerpo de Alejandra Hernández Domínguez, su hija.

El intercambio no demora más de 15 minutos y va de un quirófano a otro del Hospital Regional de Alta Especialidad de Oaxaca. 26 años después de que le dio la vida, Estela repitió ese acto de amor y le donó a Alejandra uno de sus dos riñones quien, antes de que termine la operación, vuelve a orinar por sí misma.

Alejandra despierta en el quirófano. Comparado con las hemodiálisis que recibía dos veces por semana, no sintió mucho dolor. “Tanto” que le habían hecho a su cuerpo, el dolor “no es novedoso”.

La recuperación

El rostro de Estela es poco expresivo. A ella le es más cómodo expresarse en su lengua madre, el cuicateco; pero si algo llega a decir, es que está feliz. No admite si siente dolor, pero eso lo sabe bien Alejandra.

“A ella si le duele, estaba sana”, dice de su madre mientras da unos pasos afuera de la habitación del Hospital Regional de Alta Especialidad de Oaxaca (HRAEO) que ayer abandonó junto con su donadora.

Apenas hace ocho días los especialistas injertaron en su cuerpo el riñón de su madre, con el cual evitó que su vida se desgastara entre procesos de hemodiálisis que empezó en diciembre del año pasado, unos días después de que le diagnosticaron Insuficiencia renal crónica terminal.

El diagnóstico

Las fechas las recuerda muy bien Alejandra, una joven indígena cuicateca que desde hace siete años vivía en San Agustín Etla en una casa donde la empleaban como trabajadora doméstica.

Fue de ahí donde la noche del pasado 28 de noviembre de 2017 la llevaron al Hospital General doctor Aurelio Valdivieso. Había empezado a sentirse “muy mal», le dolía la cabeza, le daban náuseas, se le hincharon los pies y el estómago.

Permaneció hospitalizada una semana inconsciente por un estatus epiléptico, convulsionó. Al despertar, en la mañana del sábado siguiente, supo que tenía insuficiencia renal crónica terminal. Nació con un sólo riñón que se convirtió en una bolsa sin función.

Era necesaria una terapia de sustitución. Alejandra empezó con hemodiálisis que buscaban prolongar la vida, pero que a la vez la desgastaban y llenaban de dolor.

Cuando en enero de este año la empezaron a tratar en el Hospital Regional de Alta Especialidad supo que era necesario un riñón. Su mamá aceptó darle uno a seguirla viendo sufrir y todos los gastos que el tratamiento implicaba.

La consanguinidad las hizo candidatas idóneas. pero el trasplante se hizo apenas el 7 de agosto pasado, siete meses después de que Alejandra se enteró que requería uno.

En el Hospital Regional de Alta Especialidad hay al menos cuatro pacientes que, de acuerdo al cirujano de trasplante renal, Ángel Ojeda Alcalá, tienen el protocolo completo y esperan un donante fallecido.

Alejandro Mayoral Silva,  coordinador estatal de trasplantes del estado de Oaxaca y secretario del Comité de Trasplantes del Hospital Regional de Alta Especialidad del Estado de Oaxaca, en la entidad entre 400 y 500 personas requieren un riñón, pero en el nosocomio al año sólo logran realizarse cuatro o cinco.

El costo promedio de la operación es de 300 mil pesos y, en caso de Alejandra y Estela, fue el nosocomio, el patronato del hospital y otras fuentes de financiamiento la que evitaron que pagaran un peso por ello.

Dejan el hospital

Con una dieta rigurosa, Estela y Alejandra volvieron ayer a Santos Reyes Pápalo, Cuicatlán. Cecilia, la hija menor de Estela, se encargará de cuidar la dieta de ambas.

Estela no lo dice, pero le preocupa las deudas que siete meses de procesos de hemodiálisis dejaron a la familia que encabeza, porque lo que su hijo mayor Pablo envió desde Estados Unidos no fue suficiente.

El cuerpo de Alejandra es de baja estatura, apenas 1.44 metros que rellenan 39 kilos. No sabe bien qué hará además de vivir, planea recuperarse y empezar un negocio que le permita costear los medicamentos que tendrá que tomar los 25 o 30 años que le pronostican como receptora de un trasplante de riñón.

El especialista, Fabián Fabián, le ha dicho que puede desarrollar la patología nefropatia crónica de injerto y enfrentar insuficiencia renal progresiva, lo que implicaría requerir un nuevo trasplante para evitar repetir la hemodiálisis, pero no quiere preocuparse. Está ocupada en volver a vivir con el riñón que le otorgó su madre.

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